Introducción
Límites y disciplina. Esas palabras traen respuestas emocionales muy características cuando algunas personas las escuchan: leyes, orden, control. Muchos padres temen disciplinar a sus hijos, considerando que la disciplina dañará su relación con ellos. Por otro lado, cuando pensamos en cómo disciplinar a nuestros hijos, es fácil imaginar muchas cosas que deseamos que los hijos no hagan. Y si nos enfrentamos a una situación de indisciplina o de falta de respeto, probablemente emergerá en nosotros el ferviente deseo –más emocional que otra cosa- de castigar. ¿Cuál es la medida apropiada, especialmente si nos referimos a hijos que ya han atravesado la etapa infantil y se van adentrando en el mundo adolescente?
Es natural que existan situaciones en las que los hijos ponen a prueba los límites que sus padres han establecido. Existen episodios de rebeldía y situaciones de difícil manejo. No obstante, la disciplina no es equivalente a violencia, ni tampoco se refiere únicamente a un castigo esporádico, debido a un comportamiento reprobable. La disciplina es constante y empieza por lo positivo, por definir el comportamiento que deseamos en nuestros hijos, para su propio bien y para su desarrollo social y personal. Partimos de un proceso de establecer límites y explicarlos con claridad a los hijos, brindándoles el conocimiento explícito de conductas que se consideran inapropiadas.
Disciplinar a nuestros hijos quiere decir enseñarles cómo irse convirtiendo en personas seguras, autosuficientes y con principios y valores firmes.
¿Límites y disciplina?
La disciplina, bien entendida, es un conjunto de habilidades para la vida. Consiste en el proceso de adquisición de autonomía, autocontrol, y de comportamientos socialmente aptos para relacionarse con los demás. Es un camino dirigido hacia la integridad. Disciplinamos a nuestros hijos para que puedan ser personas responsables y maduras. Esto quiere decir brindar instrucciones, ejemplos, felicitaciones y límites firmes (que, al ser violados, deben enfrentar consecuencias consistentes).
Esta tarea significa una gran responsabilidad y arduo trabajo, por parte de los padres. Pero la perseverancia en la misma dará gran satisfacción a padres e hijos, al legar a las nuevas generaciones las bases sólidas para enfrentar las vicisitudes de la vida.
La etapa de la adolescencia
Culturalmente, el período de la adolescencia se ha ampliado, iniciando entre los 10 y los 12 años, marcando su final entre los 18 y los 21 años. Además de los intensos cambios biológicos que experimentan los adolescentes, pasando de un cuerpo infantil al cuerpo adulto, el ambiente adolescente es fuertemente influenciado por los medios masivos de comunicación, como revistas, cine, películas, T.V. (y T.V. Cable) e Internet.
La incesante comparación entre los jóvenes puede provocar sentimientos de inferioridad. También pueden experimentar alteraciones frecuentes del estado de ánimo: es una época de descubrimiento y de emociones intensas. Esto es atribuible a factores hormonales, a presiones sociales y a la época de intenso cambio físico y familiar (no es lo mismo ser un hijo (a) pequeño, que comenzar a asumir responsabilidades mayores).
Muchos adolescentes experimentan dificultades en sus relaciones interpersonales con los adultos, debidas a múltiples factores posibles. Algunos de ellos pueden ser: sensación de incomprensión, actitudes de independencia y rebeldía, o, sobre todo, la afirmación de la propia identidad. Hay una fuerte necesidad de buscar aceptación y seguridad. Se dan inquietudes y curiosidad respecto a grupos de pertenencia y la idealización del amor romántico. Es por eso que en nuestra cultura se fomenta el que los jóvenes compartan un mundo propio de modas, arte y aficiones muy diferentes a las del mundo adulto.
Manifestaciones de la disciplina saludable
Disciplinamos a nuestros hijos para que aprendan a vivir en una forma íntegra, que contribuya con su felicidad, su desarrollo humano y espiritual y un intercambio social satisfactorio. Es por esto, que algunas áreas importantes en las cuales es importante fijar límites y desarrollar habilidades en nuestros hijos, son las siguientes:
• Normas de respeto y de afecto en la relación con los otros miembros de la familia: Enseñamos a nuestros hijos las formas apropiadas de manifestar amor y respeto (saludos, besos y abrazos, formas adecuadas de expresar diferencias de opiniones, relación apropiada con la autoridad), así como los comportamientos que, al mostrar irrespeto o falta de cariño, deben irse extinguiendo (levantar la voz, expresiones de violencia o de indiferencia, insultos, apodos denigrantes, etc.).
• Hábitos de estudio y de trabajo: Consisten en las normativas que mantengan las costumbres necesarias para cumplir con las responsabilidades personales. Disciplinamos a nuestros hijos para que se hagan responsables de sus tareas escolares, de su aseo personal, de su contribución con las labores del hogar y de la administración y orden de sus bienes materiales. Estas habilidades no pueden desarrollarse por sí solas y el disciplinar a nuestros hijos desde edades tempranas es un legado de gran valor para su eventual independencia.
• Colaboración en el hogar: El enseñar a nuestros hijos e hijas a colaborar en el hogar no es únicamente cuestión de enseñarles habilidades de aseo, orden y cocina. Si bien, toda persona necesita aprender estas destrezas, la participación en el mantenimiento del hogar transmite un mensaje aún más importante: como familia somos un equipo y todos ponemos de nuestra parte para colaborar.
• Cuidado ante situaciones que pongan en riesgo a sus hijos: Los límites y la disciplina, finalmente, tienen mucho que ver con el juicio y criterio de los padres ante situaciones que los hijos podrían, erróneamente, no catalogar como peligrosas (aún cuando sí lo sean). Con niños pequeños, hablaríamos de atravesar una carretera sin cuidado. En el caso de adolescentes, se trata de, por ejemplo, ir a una fiesta donde habrán situaciones que pongan a los jóvenes en ambientes que atentan contra su integridad, situaciones en las que se propicia un enfoque inapropiado de la sexualidad, e influencias que denigran su percepción del ser humano. Los límites y la disciplina permiten abrir un camino un poco más seguro para el desarrollo personal de nuestros hijos.
Es importante aclarar que, el manejo de límites en la etapa de la adolescencia, no quiere decir aislar a los hijos de las situaciones cotidianas de la vida. En lugar de “encerrarlos en una burbuja de cristal”, el propósito de disciplinar a nuestros hijos es darles una consciencia crítica que les ayude a ser adultos independientes, que enfrenten las contradicciones de nuestra sociedad con juicio y con madurez.
Pasos necesarios para el establecimiento de reglas
El establecimiento de reglas y límites para los hijos no es un comportamiento “de emergencia”, que solo se aplica cuando las cosas se salen de control. ¡Muy por el contrario! El establecimiento de límites y disciplina es un proceso continuo de comunicación, apoyo y firmeza.
Las etapas necesarias para implementar reglas en su hogar que fortalezcan la disciplina, son las siguientes:
1. Comunicación: Como familia, los padres necesitan sentarse a conversar con su hijo o hija y explicarle qué es lo que esperan de él o ella. Esta explicación debe ser particular y específica. Además, es bueno recordarle a sus hijos que las reglas son por su propio bien, para fortalecer su carácter, para evitar situaciones de peligro o para ayudarle en una necesidad académica o personal.
2. Negociación: En la medida en la que sus hijos se hacen mayores, es importante dialogar con ellos acerca de las reglas de la casa y, con criterio, permitirles ciertos márgenes de negociación. Esto, con el propósito de que ellos entiendan que las reglas tienen un sentido. Cuando sus hijos sean independientes, ellos mismos tendrán que vivir bajo sus propias reglas y es importante que aprendan a entenderlas, en lugar de obedecerlas únicamente porque sus papás están ahí.
3. Estabilidad de la autoridad: Así como se abre un espacio para la negociación, un ingrediente clave para el manejo de límites consiste en mantener una posición de firmeza y autoridad amorosa. Después de escuchar lo que sus hijos tengan que aportar (y tomarlo en consideración), es importante hacerles ver cuáles serán las reglas que ellos, como hijos, necesitan honrar y respetar. Con el establecimiento de la regla, también se establecen las consecuencias si la regla se incumple, así como los beneficios si ésta se mantiene.
4. Fase de mantenimiento: Esta es la etapa en la que la regla debe cumplirse. Es muy probable que los hijos prueben los límites de sus padres, buscando desobedecer la regla o ver “hasta adónde me dejan ir”. El mantenimiento firme de las consecuencias establecidas en la negociación es fundamental. En la crianza de los hijos, el manejo de límites no depende de la obediencia de los hijos, sino de la constancia de los padres.
5. Recompensas y consecuencias: En ocasiones, es importante recordar a los padres que la desobediencia no debe tomarse como una expresión de odio. Si sus hijos irrespetan el acuerdo establecido, la medida pertinente es aplicar la consecuencia o castigo acordado, reiterar que su amor hacia ellos es incondicional pero que “un acuerdo es un acuerdo”, y seguir adelante. Del mismo modo con las recompensas. Ante un premio, debe quedar claro para los hijos que ellos no están comprando el amor de sus papás con su buena conducta. El amor es incondicional, pero el buen comportamiento merece una celebración porque va a redundar en una mejor vida para los hijos.
6. Retroalimentación y comunicación: Después de un tiempo es bueno sentarse de nuevo a conversar con los hijos acerca de la experiencia de la regla, negociar lo que sea pertinente y continuar con el acuerdo renegociado.
Referencias
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Calderón, E. (1991) Cómo mejorar la comunicación con los hijos. En: Padres que quieren ser mejores. San José, Costa Rica. Seminarios de Psicología Aplicada.
Davison, G. y Neale, J. (2000) Psicología de la Conducta Anormal. Segunda Edición. New York. Editorial Limusa Wiley.
Epstein, N., Schlesinger, S., Dryden, W. (1988) Cognitive-Behavioral Therapy with Families. New York. Editorial Brunner / Mazel